El sol de Miami entraba por los ventanales del apartamento como un río de luz dorada. Lenna estaba sentada en el balcón, con una taza de té entre las manos, la mirada perdida en el mar que se extendía hasta el horizonte. Llevaba puesta una bata suelta de seda color crema, el cabello recogido en un moño desordenado, los pies descalzos sobre la madera tibia. El collar azul descansaba sobre su pecho, como siempre, pero hoy no lo miraba. Hoy solo miraba el vacío.
Tenía una mano sobre el vientre. La