Lenna entró a su apartamento con las piernas temblando, las manos frías, la cabeza llena de preguntas que no tenían respuesta. Cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra la madera, como si necesitara que algo la sostuviera. El vestido color marfil le caía sobre el vientre donde, hacía unas horas, había descubierto que crecía una vida. Cuatro meses y medio. Casi cinco. Y ella no lo sabía.Caminó hacia el sofá con pasos que pesaban como losas. Se dejó caer sobre los cojines blancos, abrazó una almohada contra el pecho, y dejó que las lágrimas que había contenido en la clínica, en el auto, frente a Juan Diego, finalmente cayeran.—¿Por qué? —susurró al vacío, con la voz quebrada—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todo?Las preguntas se perdían en el silencio del apartamento. Afuera, Miami brillaba con sus luces de neón, ajena a su tormenta. El mar seguía moviéndose allá abajo, indiferente. Y ella, Lenna Mendoza, la reina que había vuelto para quedarse, la heredera que había derr
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