La noche había caído sobre la casa de los padres de Lenna como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía contar secretos. Adentro, en la habitación, Lenna estaba acostada boca arriba, con los ojos abiertos al techo, las manos sobre las sábanas, el corazón latiéndole con una fuerza que no la dejaba dormir.Diego dormía plácidamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila. Juan Diego estaba a su lado, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama, la respiración acompasada. Dormía profundamente, ajeno a la tormenta que se cocinaba en la cabeza de ella.Lenna lo miró. La luz de la luna le iluminaba el rostro, destacando la línea de su mandíbula, la curva de sus labios, la paz de sus ojos cerrados. Era hermoso. Era bueno. Era todo lo que ella había esperado durante diez años.Construcciones Fuentes.El nombre le resonaba
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