La mañana había llegado con el sol entrando por los ventanales de la mansión Mendoza como si quisiera ser parte de la celebración. Lenna estaba en el salón principal, rodeada de vestidos que colgaban de percheros de madera tallada, de espejos que la devolvían su imagen desde todos los ángulos, de luces que hacían brillar cada tela como si fuera única. Su madre caminaba a su alrededor con los ojos brillantes, tocando aquí un encaje, allá un bordado, más allá una cola que parecía hecha de nubes.—Este no —dijo la señora, pasando de largo frente a un vestido blanco clásico—. Es demasiado sencillo. Tú no eres sencilla.—Mamá, es solo una presentación...—No es solo una presentación —la interrumpió su madre, con una sonrisa que le iluminaba el rostro—. Es tu regreso. Es decirle al mundo quién eres. Y eso, mi niña, merece algo extraordinario.Lenna sonrió. Se dejó llevar por las manos de su madre, por las telas que le rozaban la piel, por la emoción que crecía en su pecho como una flor que
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