La habitación del señor olía a flores y a esperanza. Los jarrones sobre la mesita de noche estaban llenos de rosas blancas que Lenna había traído esa mañana, las favoritas del viejo, las que le recordaban al jardín de su juventud. Los monitores marcaban los latidos de su corazón con una regularidad que sonaba como una promesa cumplida.
El señor estaba despierto. Tenía los ojos abiertos, un poco nublados por la anestesia, pero consciente. Cuando vio a Lenna entrar, una sonrisa lenta se dibujó en