La noche había caído sobre la mansión como una sombra que no quería irse. Thomas estaba en el jardín, sentado en la misma banca de piedra donde Lenna solía leer los domingos por la tarde. El aire estaba frío, pero él no sentía nada. Solo el vacío que ella había dejado.
Anika apareció en la puerta del jardín. Llevaba su bata blanca, el cabello suelto, los pies descalzos sobre el césped húmedo. Caminó hacia él con pasos lentos, como quien se acerca a un animal herido.
—Tomy —dijo, con la voz baja