La mañana había llegado con el sol entrando por los ventanales de la mansión Mendoza como si quisiera ser parte de la celebración. Lenna estaba en el salón principal, rodeada de vestidos que colgaban de percheros de madera tallada, de espejos que la devolvían su imagen desde todos los ángulos, de luces que hacían brillar cada tela como si fuera única. Su madre caminaba a su alrededor con los ojos brillantes, tocando aquí un encaje, allá un bordado, más allá una cola que parecía hecha de nubes.