Las semanas pasaron como un río que no se detiene.Anika, en lugar de mejorar, empeoraba. O al menos eso era lo que hacía creer. Los vómitos se hicieron más frecuentes, las quejas más agudas, las noches más largas. La enfermera que Thomas había contratado la atendía con eficiencia profesional, pero Anika la rechazaba una y otra vez. Solo quería a Thomas. Solo lo llamaba a él. Solo se desmoronaba cuando él no estaba.—Tomy, me duele —susurraba desde la cama de la habitación de invitados, con los ojos húmedos, la mano extendida—. ¿Puedes quedarte un rato?Thomas la miraba. Antes, esa voz lo movía. Antes, esa fragilidad lo ataba. Pero ahora solo sentía cansancio. Un cansancio que le llegaba hasta los huesos.—La enfermera está aquí —decía, sin entrar—. Ella puede ayudarte.—No es lo mismo.—Debe serlo.Y cerraba la puerta.Anika se quedaba en la cama, con las manos vacías, con la rabia quemándole el pecho. Él ya no caía. Él ya no corría. Él ya no era suyo.---Lenna, mientras tanto, se h
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