CSospechaon un movimiento violento de mi brazo derecho, arrojé el teléfono celular contra la pared opuesta de la habitación. El aparato se estrelló contra el yeso blanco con un impacto tremendo, desintegrándose en pedazos de metal y vidrio que salieron disparados por todo el suelo de la clínica. No me bastó. Con una fuerza descomunal nacida de la pura desesperación, agarré la mesa de noche de madera y la empujé, volcándola por completo. Los frascos de medicamentos, el vaso de agua y los papeles médicos salieron volando, estrellándose contra el piso en un estrépito de cristales rotos.—¡Signor Noah! ¿Qué demonios hace? —Mateo dio tres pasos hacia adelante, con las manos extendidas, intentando acercarse a la cama, pero mi expresión debía ser la de un demente porque se detuvo a un metro, con los ojos abiertos de par en par—. ¡Cálmese, por amor de Dios! Va a lastimarse la columna antes de tiempo. ¿Qué decía ese mensaje?—¡No me pidas que me calme, Mateo! —le rugí, y las lágrimas de la rab
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