Las palabras de Mateo me cayeron en el pecho como un bloque de plomo. El recordatorio de esa noche de tormenta, de ver su silueta menuda arrastrando la maleta por el barro mientras yo me quedaba petrificado en el porche, me revolvió el estómago, trayendo de vuelta esa maldita náusea que parecía haberse instalado en mi cuerpo de forma permanente.
Tomé el teléfono de la cama de un tirón. Los dedos me temblaban de pura frustración. Abrí la aplicación de mensajería y comencé a teclear un mensaje de