—Buenas tardes, signora —comencé, y mi voz, aunque profunda y grave, sonó con una suavidad respetuosa que pareció apaciguar el pitido del monitor—. Es un verdadero honor conocerla al fin. Emma me ha hablado muchísimo de usted, de la fortaleza con la que la crió y del amor con el que protegió sus pasos. Mi nombre es Noah. Noah Moretti.La anciana me miró con fijeza, y una chispa de comprensión brilló en sus pupilas castañas. Miró de nuevo a Emma, notando la camisa de lino que su nieta aún llevaba debajo del vestido como un amuleto, y luego volvió a mirarme a mí.—Noah… —repitió la abuela, sopesando mi nombre—. Tú eres el hombre de la hacienda. El jinete del que mi niña me hablaba en sus cartas con tanto esmero… el hombre al que cuidabas en el gimnasio, ¿verdad, Emma?Emma asintió con la cabeza, las mejillas encendiéndose con ese rubor hermoso que me volvía loco, apretando la mano de su abuela con más fuerza.—Sí, abuela. Él es Noah —dijo Emma en un susurro, mirándome de reojo—. El dueñ
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