Narrado por Noah
La luz de la mañana de la Toscana entró por el gran ventanal de la habitación este, limpia, dorada y desprovista de la bruma gris de los días anteriores. Por primera vez en semanas, me desperté sin esa maldita y asfixiante náusea que me venía apretando la garganta desde que salimos de Milán. Mi estómago estaba en paz, mi mente estaba despejada y, por encima de todo, el vacío helado que había gobernado mi pecho desde el accidente parecía haber sido rellenado con un fuego nuevo,