El sol de la tarde caía con un peso sofocante sobre el rancho, pero yo sentía un frío que no se me quitaba con nada. Después del caos con Isabella, necesitaba aire, espacio y, sobre todo, silencio. Sebastián, el profesor de Leo, terminó la clase y me propuso llevar al niño a la piscina. Me pareció la mejor idea del mundo. Llamé a una de las sirvientas para que bajara con nosotros; no quería quitarle la vista de encima a Leo ni un segundo, y menos ahora que sentía que el peligro acechaba detrás de cada arbusto.Me recosté en una de las tumbonas, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza dándome vueltas. La señora Ortega no tardó en aparecer. Traía un cuenco con hielo y unos paños limpios. Se arrodilló a mi lado y, con una delicadeza que me daban ganas de llorar, me puso la compresa fría sobre la mejilla.—Ay, mi señora —suspiró ella, mirándome con una lástima que intentaba ocultar—. Dos heridas en menos de veinticuatro horas. Primero lo de la frente y ahora esto. Debe cuidarse, de verdad s
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