Julián no me dejó terminar la frase. No hubo espacio para más reproches, ni para que la lógica nos rescatara de la tormenta que siempre se desataba cuando estábamos a solas. Me agarró de la nuca con esa mano grande, áspera y callosa por el trabajo en el campo, enredando sus dedos en mi cabello con una urgencia que me hizo soltar un pequeño jadeo. Tiró de mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo a los ojos por un segundo antes de reclamar mis labios con una violencia que me dejó sin aliento.No era un beso de reconciliación. No había dulzura en él, ni el perdón que yo tanto anhelaba. Era pura posesión, un reclamo de territorio absoluto. Sentí el sabor fuerte y amargo del whisky que acababa de tomar, mezclado con el calor de su aliento que me inundaba los sentidos y me nublaba el juicio. Quise empujarlo, quise recordarle que hace apenas unos minutos me había humillado defendiendo a Isabella, que me había preguntado qué había hecho yo para "provocarla" mientras mi mejilla aún ardía p
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