Me desperté en medio de la madrugada con una sensación de calor abrasador que me recorría la columna. La habitación estaba sumergida en una penumbra azulada, apenas iluminada por la luna que lograba colarse entre las pesadas cortinas de terciopelo. Antes de que pudiera recuperar el aliento o entender dónde estaba, sentí el cuerpo de Julián pegado al mío. No era un roce accidental; estaba despierto, y su deseo era una presencia física, dura y urgente, presionando contra mis nalgas.Sus manos, grandes y callosas por el trabajo en el rancho, no tardaron en encontrar su camino bajo mi bata de seda. Empezaron a recorrer mis curvas con una necesidad que parecía alimentada por la culpa de la discusión anterior y el alcohol que todavía corría por sus venas, dándole una fuerza desmedida. Me giré entre las sábanas, que ya estaban revueltas, y me encontré con sus ojos. No había rastro de sueño en ellos, solo una determinación salvaje.—No hemos terminado, Valentina —susurró contra mi boca, y su
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