Eran las once de la noche. La cena que había preparado con tanto esmero descansaba sobre la mesa, completamente fría y con la grasa empezando a pegarse a los platos. Me sentía agotada, no físicamente, sino con esa pesadez que te deja la incertidumbre en el pecho. Me había duchado para intentar quitarme la sensación de suciedad que me dejó la visita de Isabella y el desplante de Julián.
Me puse mi pijama de seda y la bata de dormir, ajustando el cinturón con fuerza. Me paré frente al espejo del