Había pasado un mes desde aquella noche terrible en el hospital. Un mes donde el aire en la hacienda había cambiado, volviéndose más liviano, más cálido. Mayo se había ido dejando atrás el calor sofocante para dar paso a un junio más amable. Para mi sorpresa, la tormenta de Isabella se había disipado; no había vuelto a aparecer por la propiedad, y de Ricardo, el hermano de Julián, no se sabía nada, lo cual era la mejor noticia que podía recibir.
En este tiempo, Julián y yo habíamos encontrado u