La tarde en el rancho había sido de esas que te hacen creer que la vida finalmente se ha acomodado. Después de regresar del pueblo, me sentía renovada. El encuentro con mis padres había sido agridulce, pero ver a Mariana y a Juan me recordó por qué estaba aquí. Me senté en el porche con Leo, ayudándolo a armar un rompecabezas de animales que le había traído. El niño estaba radiante, y yo, por primera vez en meses, no sentía el peso de la incertidumbre.
—Valentina, ¿mi papá va a venir a cenar? —