La luz meridiana apenas lograba perforar el denso dosel del bosque que rodeaba el humilde hogar de Elowen. Dentro, el aroma dulce de las hierbas secas se mezclaba con el guiso que Clara, su madre adoptiva, removía sobre el fuego. A su lado, Thomas, el anciano esposo de Clara, pulía una herramienta de madera, sus ojos pacientes y llenos de cariño fijos en la muchacha. La vida allí era sencilla, marcada por el ritmo de la tierra y las estaciones. Elowen, sentada en un rincón, trenzaba con dedos ágiles unas flores silvestres, su rostro sereno, casi etéreo, enmarcado por mechones rubios. Sus ojos verdes, profundos y curiosos, seguían cada movimiento de Clara.—Necesitamos más raíz de valeriana para el té de Don Arturo —dijo Clara, su voz amable pero firme, dirigiéndose a Elowen—. Recuérdale que es la poción para sus dolores. Y la manzanilla fresca para los niños del molinero. Tendrás que bajar al pueblo a vender estas y otras hierbas esta tarde.Elowen asintió levemente, sin apartar la mi
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