Con esas grandes lágrimas cubriéndole los ojos, lo único que pudo buscar fue la salida. No iba a irse a su habitación, ni a ningún otro lugar donde él pudiera alcanzarla. En ese momento sí quería huir. Necesitaba hacerlo, sobre todo para no dañar, como ya sentía que se iba agrietando, lo que habían sido esos casi dos meses de compartir, de citas y hasta de romance vivido con el hombre que, con voz grave, la llamó.Agitada, llegó hasta su camioneta. El corazón de Melissa latía tan fuerte que el sonido le retumbaba en los oídos más que el silencio de aquella propiedad, donde, como siempre que su mundo se llenaba de la oscuridad que claramente su esposo poseía, nadie, ningún empleado, se involucró. Ya para ese punto no pensó, solo actuó. Quería huir. Necesitaba hacerlo.Su cuerpo temblaba mientras buscaba el botón del llavín en el bolsillo del pantalón, el cual terminó cayendo de sus manos por los temblores. Sobre su hombro, asustada, buscó esa figura que, sin dudarlo, había salido tras
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