Una de las ninfas la miró con atención.
—Manzana, ciruelas o duraznos. Algo que pueda morder y triturar poco a poco. La traen y la dejan en la mesita de noche.
—Sí, señora.
Buscó al fin el baño, donde, ante el espejo, miró el desastre que había dejado su llanto, su miedo, su lucha contra un Ares que no escuchó palabras… y posiblemente tampoco gritos. Pero al menos respetó esa palabra de seguridad que ella había soltado, y en la misma Melissa había decidido refugiarse. Porque no iba a permitirse