—Ay, vamos, Meli. Nosotras sabemos que sí, sí lo hace —Melissa sonrió, asintiendo—. Claro, no es que la felicidad se mida en gramos y vayas a algún lugar a conseguirla, pero la tranquilidad, la paz, esa sensación de infinitas oportunidades que el dinero sí te da, es algo que no se puede minimizar. —Tienes razón. Kimmy le tomó la mano, que apretó con delicadeza. —Quiero convencerme de que esos días oscuros que ya viviste al inicio de tu matrimonio no volverán a suceder. Pero, amiga, te lo digo aquí y directamente, viéndote a los ojos. En primer lugar: voy a quedarme —Melissa asintió—. Y eso implica que, al primer momento en que esta burbuja positiva cambie y te sientas de nuevo en peligro, tú me llamas, y yo vengo a buscarte. No habrá santo Ares Ravage que me impida salvarte. Te lo prometo. —Por eso te amo. —Y porque soy la china más linda del mundo. —También. Tras sonreírse, se abrazaron de nuevo. Y ahí, entre champán y pastelitos, que al fin se animaron a probar, se pusieron
Leer más