La ciudad brillante terminaba exactamente donde empezaba la humedad del hormigón.Franco no la dejó hacer preguntas hasta que estuvieron bajando la tercera escalera de servicio, una detrás de otra, con el eco de sus pasos tragado por una garganta de cemento que Mónaco fingía no tener.Adriana iba primero por indicación de él y por orgullo propio. No porque el trayecto fuera seguro. Precisamente por lo contrario. Las escaleras eran angostas, pintadas de un gris que había dejado de ser color y se había convertido en desgaste, con barandas frías y una luz amarilla intermitente cada dos tramos. Arriba, en algún punto imposible de ver, seguían existiendo el sol, los ventanales, las fachadas blancas y los hombres que usaban mocasines sin calcetines para hablar de arte y de yates. Allí abajo solo existían tuberías, olor a metal húmedo y una ciudad paralela hecha para que el lujo pareciera espontáneo.—¿Piensa decirme adónde vamos o forma parte del encanto? —preguntó Adriana sin girarse.—Si e
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