El papel con el código no llegó al refugio.Llegó pegado al interior de la chaqueta de Franco, como si el museo hubiera seguido respirando dentro de la tela durante todo el trayecto de vuelta.Adriana lo pensó al verlo extraer la tira mínima de papel sobre la mesa del archivo, bajo la luz blanca que volvía todo más verdadero de lo deseable. Afuera, el Jardin Exotique ya estaba oscuro. El mar no se veía desde allí abajo, pero seguía en la presión del aire, como si Mónaco nunca permitiera olvidar que todas sus mentiras descansaban sobre agua.INV-RS/MC-04-77 BelliniFranco dejó la tira entre ambos.—Dímelo antes de que yo le dé la forma equivocada —dijo—. ¿Te suena?Adriana no respondió enseguida.Le sonaba demasiado.No el código. El apellido.Bellini no era un nombre raro en Italia, pero tampoco inocente en la vida que había llevado antes de la gala, antes del coche equivocado, antes de Fontvieille. Bellini pertenecía al mundo de Florencia, a las salas de catálogo, a los depósitos de
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