Franco los movió antes de que las sirenas llegaran al pabellón.No esperó a ver el fuego resuelto ni a escuchar la primera versión oficial. El coche tomó la subida con las luces mínimas y la lógica brutal de quien ya no piensa en pérdida, sino en traslado. Damián conducía. Bianca iba delante, callada, con la cara vuelta hacia la ventanilla como si la ciudad pudiera devolverle una explicación. Adriana y Franco atrás, separados por la caja de madera, el portátil rescatado y el mapa enrollado con demasiada fuerza.Mónaco, desde abajo, siempre había parecido una colección de fachadas apiladas sobre el mar. Subiendo, revelaba su verdad: un sistema vertical de vigilancia, cristal y piedra donde ninguna distancia era larga y, aun así, cada desplazamiento costaba socialmente como si cruzara un país entero. Dejaron atrás Fontvieille y empezaron a trepar por calles estrechas que giraban sobre sí mismas como si el Principado hubiera sido construido para impedir cualquier línea recta.Franco no ha
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