El silencio del búnker bajo las Islas del Rosario no era un silencio absoluto. Si prestabas atención, podías escuchar el zumbido eléctrico de los servidores, el siseo del purificador de aire y, más allá de los muros de concreto reforzado, el latido sordo del Caribe contra el arrecife. Para Alessandra Cavallaro, ese sonido se había convertido en el metrónomo de su nueva existencia. Una existencia que, oficialmente, no figuraba en ningún registro civil.Eran las 03:00 AM. Dante dormía en la habitación contigua, recuperando fuerzas tras una sesión de fisioterapia improvisada para su brazo herido. Alessandra, sin embargo, se encontraba en el ala oeste del complejo, una zona que su padre, Franco, siempre había mantenido bajo llave con un sistema de seguridad biométrico que solo reconoció la retina de su hija tras tres intentos fallidos.Frente a ella se alzaba una puerta de roble macizo, un anacronismo estético en medio de tanta tecnología militar. Al empujarla, el olor la golpeó como un
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