El aire en el sótano de la mansión Cavallaro era denso, impregnado del olor a humedad y vino rancio de las barricas viejas. La única luz provenía de una bombilla desnuda que oscilaba sobre la cabeza de Enzo, atado a una silla de metal. El capitán, que alguna vez pavoneó su autoridad por los muelles de Manga, ahora era una masa de sudor y terror.Alessandra caminaba en círculos alrededor de él, el tacón de sus botas marcando un ritmo fúnebre contra el suelo de piedra. Dante estaba en la penumbra, apoyado contra una columna, limpiando la sangre de su mejilla con una parsimonia aterradora.—Recuerdo que cuando cumplí diez años, Enzo, me trajiste una caja de dulces de la Ciudad Vieja —dijo Alessandra, su voz era suave, casi nostálgica—. Mi padre decía que eras el hombre más leal de su guardia. "Enzo es como un muro", me decía.Enzo levantó la vista, sus ojos estaban inyectados en sangre.—Y lo soy, jefa… ¡lo juro! Lo del club… fue un error de comunicación… los hombres de Silvio nos s
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