El estruendo de los cristales rompiéndose fue seguido por un silencio gélido, interrumpido solo por los gritos de pánico de la élite de Cartagena. Las luces seguían apagadas, y en la penumbra del balcón, Alessandra sentía el pulso de Dante contra su espalda.—¿Puedes verlos? —susurró ella, apretando la daga de cerámica.—Tres en el jardín, dos en el salón —respondió Dante, su voz era un hilo de acero—. No quieren matarte todavía, Alessandra. Quieren al Gobernador. Él es su moneda para que la policía no intervenga cuando tomen el puerto.Alessandra miró hacia atrás. El Gobernador Santos estaba pálido, temblando contra una columna.—Si se lo llevan, perdemos el control legal —dijo Alessandra—. No podemos dejar que salga de aquí.Dante sacó su pistola con silenciador.—Entonces, princesa, es hora de que dejes de ser la alumna y seas la Reina. Yo me encargo de los tiradores. Tú saca al Gobernador por las cocinas. Si alguien se cruza... ya sabes qué hacer.—No me digas qué hacer, Da
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