El aire en la suite nupcial estaba saturado de un olor acre a humo, pólvora y el rastro metálico de la sangre fresca. Los cristales del inmenso ventanal, ahora reducidos a esquirlas brillantes sobre el mármol, crujían bajo las botas de combate de Dimitri Volkov. Yo estaba en el suelo, semidesnuda, con la seda de la sábana apenas cubriendo mi cuerpo y mis manos vendadas temblando contra el frío del suelo. Dimitri me sujetaba del cabello con una fuerza que amenazaba con arrancarme el cuero cabelludo, mientras su risa, un sonido seco y desprovisto de humanidad, resonaba en las paredes de mi celda de lujo.—Mírate, Majorie —siseó Dimitri, presionando el cañón frío de su pistola contra mi sien—. Tan hermosa, tan cara... y tan inútil. ¿De qué te sirvió el anillo? ¿De qué te sirvió el apellido Kyriakos si vas a morir en el suelo de tu propia noche de bodas?Pero entonces, el estruendo de la puerta volando en pedazos silenció su burla.Mavros entró como una exhalación de pura muerte. No lleva
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