El puerto de El Pireo no dormía. A las cuatro de la mañana, el aire de Atenas era una mezcla espesa de gasóleo, pescado podrido y el salitre del mar que golpeaba los cascos de los buques de carga. Mavros me había sacado de la cama de un tirón, sin permitir que Elpida me ayudara. Él mismo me había arrojado un vestido de seda negro, ajustado como una armadura, y me había obligado a calzarme unos tacones que gritaban "presa fácil" en un suelo de hormigón y grasa.Mis manos, aún envueltas en gasas limpias, palpitaban. El dolor era ahora un compañero constante, un recordatorio silencioso de que cada vez que intentaba luchar, terminaba más encadenada a él.—Camina —ordenó Mavros, sujetándome del brazo mientras bajábamos del coche blindado.El puerto estaba sumido en una penumbra naranja, iluminado por focos industriales que creaban sombras alargadas y grotescas. Había hombres por todas partes, tipos con chaquetas de cuero y armas visibles en la cintura, moviendo cajas de madera sin marcas.
Ler mais