El quirófano del Hospital Presbiteriano de Nueva York era una pecera de luz fluorescente y caos controlado. El aire vibraba con el pitido frenético de los monitores, un sonido que marcaba la cuenta atrás de una vida que se escapaba por segundos. Dante Vance, el hombre que había gobernado la ciudad como un Dios intocable, yacía ahora sobre la mesa de acero, reducido a una masa de carne herida y sangre que se negaba a coagular. —¡Lo perdemos! —gritó el cirujano jefe, con los guantes empapados en rojo—. ¡La bala del costado afectó la arteria renal! ¡Necesito más unidades de O negativo, ahora! Afuera, en la sala de espera privada, el silencio era sepulcral. Marcus permanecía de pie, como una estatua de granito, con la camisa manchada de la sangre de su jefe. A su lado, Seraphina caminaba de un lado a otro, con su vestido esmeralda desgarrado y el maquillaje corrido. El mundo entero, desde las pantallas de Times Square hasta los teléfonos en Tokio, contenía el aliento bajo un solo t
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