Los días siguientes al despertar de Alfonso transcurrieron en una calma extraña, casi irreal. La Mansión Vance, que antes parecía un laberinto de secretos y frialdad, se había transformado en un hogar en reconstrucción. Alfonso pasaba gran parte de la tarde en la terraza de la unidad médica, tomando el sol y observando cómo Elara estudiaba. Pero su mirada se desviaba con frecuencia hacia Dante. El hombre, cumpliendo su palabra, visitaba a Alfonso cada tarde después de cerrar sus negocios. No llegaba con la arrogancia del dueño, sino con una cortesía medida. A veces compartían un café, otras veces Dante simplemente le explicaba con paciencia cómo funcionaban los nuevos avances médicos que estaban usando en su recuperación. Poco a poco, el muro de Alfonso cedía. Empezaba a aceptar los gestos de Dante, no por su dinero, sino por la forma en que el hombre buscaba la aprobación de Elara en cada movimiento. Sin embargo, para Elara, la paz era interna y ruidosa. Mientras diseccionab
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