En la penumbra de la biblioteca, el aire se había vuelto tan denso que cada inhalación se sentía como ceniza en los pulmones. Dante la tenía acorralada contra los estantes metálicos; su cuerpo era una pared de calor abrasador, una presencia que despertaba en Elara una memoria celular que creía haber enterrado bajo capas de maquillaje y una identidad falsa. Ella deslizó sus manos por los hombros de él, sintiendo la tensión en sus músculos, buscando ese contacto que era su única moneda de cambio en este juego cruel, pero también su mayor debilidad. —Dante... —susurró ella, dejando que su aliento rozara la comisura de sus labios, provocando un sismo en la máscara de hielo del magnate. Por un segundo, el mundo se detuvo. Dante cerró los ojos y se inclinó, buscando ese calor. Sus labios rozaron los de Elara en un contacto eléctrico, hambriento, desesperado. Un roce que sabía a cenizas y a esperanza renacida. Pero, justo cuando Elara pensó que él finalmente cedería, Dante se tensó de f
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