Capítulo 86

​El refugio de Elara se había convertido en un santuario de aromas dulces y madera crujiente. La Sra. Gerber la había adoptado con una ternura silenciosa, llenando sus mañanas con mantas de lana recién lavadas y cuencos de avena con miel. En esa pequeña pensión, Elara sentía que el tiempo se había detenido. Ya no era la mujer perseguida; era una madre protegiendo su nido. El frío del invierno ya no le asustaba, porque el calor de la panadería y el cariño de la anciana la hacían sentir, por prim
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