Elara se levantó a las cinco de la mañana, cuando el cielo aún era de un azul oscuro y lívido. El frío se filtraba por las vigas de la buhardilla, calando hasta sus huesos. Se llevó una mano al vientre, que aún no revelaba su secreto al mundo, pero que en su interior ya se sentía como un territorio ocupado. Las náuseas matutinas eran ahora una presencia constante y violenta, un recordatorio físico de que su cuerpo ya no le pertenecía solo a ella.
Bajó las escaleras en silencio, tratando de n