El anfiteatro de la facultad bullía con una tensión eléctrica. El aire olía a café cargado y a la ansiedad metálica de cien estudiantes de medicina. En el estrado, el profesor Jones entregaba los resultados del primer parcial de Fisiología con la parsimonia de quien dicta una sentencia.
Elara sentía un ligero temblor en las yemas de los dedos. A pesar de haber estudiado hasta que las letras bailaban ante sus ojos, el miedo al fracaso era una sombra vieja que no la abandonaba. Cuando la hoja