La euforia por el avance de su padre dejó a Elara en un estado de vulnerabilidad luminosa. Al regresar a la cabaña, el silencio ya no se sentía como una tumba, sino como un refugio. Se miró las manos, las mismas que habían sentido el apretón de Alfonso, y luego miró hacia la mansión. Dante seguía allí, una silueta imponente tras el cristal de su despacho.
Ella sabía que él no esperaba nada. Él le había dado el imperio, la medicina y la esperanza sin pedirle un solo beso a cambio en las última