El rugido de los motores del jet privado, se extinguió sobre la pista de Nueva York como el último suspiro de un gigante herido. No hubo fanfarrias ni celebraciones. El aire de la Gran Manzana, pesado y cargado de electricidad antes de una tormenta de verano, recibió a los ocupantes con una indiferencia glacial. Dante Vance descendió primero. Su brazo izquierdo, aún inmovilizado por el vendaje bajo su americana de corte italiano, era la única marca física de la batalla en el Mar del Norte. Sin embargo, su rostro era una máscara de granito. Sus ojos, antes cargados de una furia con propósito, ahora solo reflejaban un vacío existencial. Detrás de él, Elara emergió de la cabina. Llevaba un vestido negro liso, severo, que acentuaba su palidez espectral. Sus pasos eran lentos, pero cada vez que sus tacones golpeaban el metal de la escalerilla, el sonido resonaba como una sentencia de muerte. —El coche espera, Elara —dijo Dante, intentando que su voz sonara firme, aunque el temblor en
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