La habitación de la unidad médica, que por meses había sido un santuario de silencio y máquinas, se llenó de repente con la vibración de una sola palabra. El nombre de Elara seguía flotando en el aire, pesado y milagroso. Ella no soltaba la mano de su padre, sintiendo cómo el calor regresaba a esa piel que tanto tiempo había estado fría.
Alfonso parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista. Sus ojos, nublados por el largo letargo, recorrieron las paredes blancas, el equipo de última g