La niebla de Londres ya no era un simple fenómeno meteorológico; era una sentencia definitiva escrita en el aire. Se filtraba por las rendijas de los ventanales de la mansión Cavendish, cargada con el olor metálico del ozono, la humedad de la lluvia vieja y el aroma acre de la inminente caída de un imperio. Elara permanecía inmóvil en el centro exacto de su suite, una figura de porcelana observando cómo la esquina quemada del sobre negro de Dante terminaba de convertirse en ceniza gris sobre el