La mañana siguiente a la Gala de la Ópera, Londres amaneció envuelta en una neblina tan espesa que parecía borrar los límites entre el cielo y el Támesis. En la mansión Cavendish, el silencio no era un signo de paz, sino la antesala de una disección.
Elara estaba de pie frente al tríptico de espejos de su suite, observando cómo la Sra. Halloway ajustaba los botones de su vestido de seda color crema. Era el tono exacto que Estela solía usar para sus desayunos de domingo; un color que no evoca