Capítulo 58

El amanecer en las Tierras Altas no trajo luz, sino una claridad grisácea y gélida que se filtraba por las estrechas saeteras de la torre norte. Elara no había dormido. Había pasado la noche alternando entre la vigilia y un sopor inquieto, sentada en el alféizar de la ventana, observando cómo la espuma blanca del Mar del Norte golpeaba con furia incansable los cimientos de granito del Castillo de Glenmore. El frío de la piedra se le había metido en los huesos, recordándole que ya no estaba en

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