La habitación en el ala este de la mansión estaba sumida en esa oscuridad densa que solo las casas demasiado grandes y vacías logran acumular. Mateo permanecía acurrucado en el borde mismo del colchón, con los ojos fijos en el techo, midiendo el silencio entre un latido y el siguiente. Entonces, la madera cedió. Fue un crujido mínimo, un aviso que él ya anticipaba antes de que la pequeña silueta de su hermana recortara el umbral. Amara no dijo nada. Tampoco hacía falta. Avanzó descalza, arrastrando los pies con una prisa torpe, y se deslizó de golpe bajo las mantas. Buscaba un pliegue, un doblez donde esconderse, como si las paredes de piedra de esa casa no fueran suficientes para protegerla. —Mateo —susurró. Se pegó a su espalda, buscando el calor del pijama mientras tiritaba por el roce de las sábanas frías. Mateo sintió la frente de la niña apoyada firmemente entre sus omóplatos. —Papá no es tan malo, Mateo. Hoy, en el jardín, me ayudó a buscar la zapatilla que se me c
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