La pantalla del teléfono quedó completamente negra. Dante permaneció inmóvil frente al espejo del baño, con la mandíbula tensa y la mirada fija en el reflejo de su traje. Guardó el dispositivo en el bolsillo interior de la chaqueta, se revisó el nudo de la corbata con un movimiento seco y salió al pasillo.
El lobby del hotel era un desfile de abrigos de marta cibelina y conversaciones amortiguadas en cuatro idiomas. A las ocho en punto, Dante bajó del ascensor privado. Viviana ya lo esperaba