Dante regresó del estudio en menos de tres minutos con el sacapuntas en mano. Se sentó de nuevo en el borde del sofá, tomó el lápiz rosa y lo arregló, dejando la punta perfecta antes de devolvérselo a Amara. La niña lo tomó sin decir nada y continuó rayando el papel, concentrada en llenar la hoja con trazos enérgicos.
A unos metros, en el suelo, Mateo encajaba las piezas de los engranajes con una velocidad intuitiva que no requería instructivos. En pocos minutos, el niño ya había armado una