El tiempo en el exilio no se medía en semanas, sino en la presión creciente bajo las costillas de Elara y en el volumen de los libros de medicina que devoraba cada noche bajo la luz de una vela que se consumía junto a su ambición. Al entrar en el séptimo mes de embarazo, la ligereza de su juventud había sido sustituida por una gravedad imponente. Sus gemelos, a los que ya empezaba a llamar en sus pensamientos Mateo y Amara, eran dos fuerzas indomables que no le daban tregua ni de día ni de noch