Al día siguiente, el hospital estaba mucho más tranquilo aquella tarde. Los pasillos, habitualmente llenos de voces apresuradas, susurros de enfermeras y el eco distante de carros de medicinas, permanecían ahora silenciosos, apenas iluminados por la tenue luz grisácea que se filtraba desde el exterior. El aire olía a desinfectante, a café viejo de la máquina del fondo y a esa humedad característica que se pega a la ropa después de un día de tormenta.Emma caminaba por el corredor con pasos suaves, sosteniendo un pequeño ramo de flores entre sus manos. Eran margaritas blancas y amarillas, simples pero alegres, las que más le gustaban a su madre. Ya era una costumbre que se había convertido casi en un ritual. Cada vez que podía escaparse de la universidad o del trabajo, visitaba a Carmen. Siempre intentaba llevarle algo que rompiera la monotonía de aquella habitación blanca, impersonal y fría, que parecía igual todos los días, como si el tiempo se hubiera detenido entre esas cuatro
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