Y entonces Alexander volvió a ponerse serio. Su voz bajó de tono, cargada de una emoción profunda.
— La amo.
Bruno lo miró fijamente. Y supo inmediatamente que no era una aventura. Ni un capricho. Ni una obsesión pasajera para escapar de su matrimonio fallido.
— ¿Tanto así?
Alexander asintió lentamente, sus ojos brillando con una determinación que Bruno no había visto en mucho tiempo.
— Sí... Es honesta... No intenta impresionarme con lujos o conexiones... No quiere mi dinero. No espera nada de