El sonido del mar era constante, relajante, hipnótico, la noche estaba cayendo lentamente sobre la isla, el cielo se había teñido de tonos violetas y oscuros, las estrellas comenzaban a aparecer, una a una y en la playa privada del hotel la eescena parecía sacada de un sueño.Una mesa baja, y las luces cálidas colgando entre las palmeras. Copas. Botellas y una fogata encendida que crepitaba suavemente, Renata estaba descalza.La arena tibia bajo sus pies. El vestido ligero moviéndose con la brisa. Había bebido, no mucho, pero lo suficiente.Si, lo suficiente para que su cuerpo se relajara, para que su mente dejara de resistirse tanto y lo suficiente para que olvidara, por momentos, quién era el hombre a su lado.Sebastian Vegetti.El problema o tal vez la tentación.—No pensé que este lugar sería así —Murmuró Renata, mirando el mar. Su voz tenía un tono distinto. Más suave. Más libre.Sebastian, sentado en la silla frente a ella, la observaba en silencio, con una copa en la mano.—¿As
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