El mar se extendía infinito frente a ella. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla era constante, casi hipnótico, pero no lograba calmar el desorden en su interior. Renata estaba sentada en el balcón de la suite, con las manos apoyadas sobre sus rodillas, observando sin ver realmente.
El viento movía suavemente algunos mechones de su cabello, pero su mente estaba en otro lugar. En demasiados lugares. En el pasado. En el presente.
En decisiones que no podía deshacer.
Suspiró lentamente,