El amanecer llegó con una luz tenue que se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación, no era una luz invasiva, era cálida, silenciosa, casi… íntima. Los primeros rayos del sol se deslizaron sobre las sábanas blancas, dibujando sombras suaves sobre el cuerpo de Sebastian. Los ojos del hombre se abrieron lentamente.Sin sobresaltos. Como si incluso el despertar obedeciera a su propio ritmo, a su propio control, parpadeó varias veces.La claridad del día se asentó en su mirada verde, profunda, despierta, pero no se movió de inmediato. Algo lo obligó a detenerse, su mirada descendió y allí la vio.Renata.La mujer estaba dormida. Apoyada con la cabeza sobre el borde de la cama, tan cerca de él que bastaba con estirar un poco la mano para alcanzarla. Su cabello caía desordenado sobre su rostro, algunas hebras cubriendo ligeramente su mejilla, otras descansando sobre la sábana.Su respiración era suave.Tranquila.Ajena a todo.Sebastian permaneció en silencio.Observándola.Sin
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